
Una falla del arma, la impericia del que la portaba, el destino o lo que cada uno quiera imaginar que ocurrió para que la bala no saliera, impidió que a esta hora la Argentina estuviera atravesada por una conmoción social y política sin precedentes desde el regreso de la democracia hace casi 39 años.
Con el intento de magnicidio de la vicepresidenta Cristina Kirchner se cruzó una línea. La cruzó un violento e intolerante llamado Fernando Andre Sabag Montiel, pero para que eso sucediera hubo antes un terreno allanado por una parte de la dirigencia opositora y por algunos medios de comunicación que cargaron las tintas una y otra vez, sin medir las consecuencias. Peor aún: sin importarles las consecuencias.
La instigación de un magnicidio hay que investigarla a fondo, pero que sea Comodoro Py el encargado de esa tarea genera más dudas que certezas. En cambio, la otra instigación, esa que montaron sin pausa ni paz sectores opositores, es posible que nunca les sea achacada en términos jurídicos pero quedará grabada en la retina y la mente de la mayoría de los argentinos. La bala que no salió a las 20:52 del jueves 1° de septiembre de 2022 la cargaron durante muchos años estos sectores que ahora escriben mensajes solidarios o ponen caras de azorado ante semejante acto de violencia política.
Nadie espera que los que acuñaron libremente las expresiones insultantes, denigrantes y machistas sobre Cristina pidan ahora disculpas. Lo peor es que sembraron esas semillas de odio en miles de argentinos que seguirán repitiendo a coro las peores barbaridades sobre la vicepresidenta o el peronismo. Tienen el mismo gen de odio de quienes acuñaron el “viva el cáncer” contra Evita, celebraron la muerte de Néstor Kirchner, tratan de explicar los males del país en “los setenta años de peronismo” o –ahora- ponen en duda lo que pasó frente a la casa de la vicepresidenta.
La violencia verbal es violencia de la peor. Y genera más violencia cada vez que alguien repite como loro las informaciones falsas, sesgadas o interesadas sobre cualquier sector político. Mal que les pese a los que hoy ocupan la oposición y entre 2015 y 2019 eran el oficialismo, desde esos sectores siguen saliendo una y otra vez los mensajes de odio hacia los adversarios. Asumirlo sería el primer paso para superarlo.
La clase política tiene, por cierto, una mayor responsabilidad que los medios de “incomunicación”. Son algunos dirigentes de Juntos por el Cambio y los libertarios fascistoides Javier Milei y José Luis Espert los que vienen abonando hace mucho tiempo este terreno. Parece haber una competencia para ver quién gira a la derecha más recalcitrante antes que el otro. Y se superan, día a día.
Las bolsas mortuorias, las guillotinas, las horcas con muñecos con el rostro de Cristina o las piedras en la Casa Rosada para “recordar” a las víctimas del Covid, son apenas algunas de las expresiones intolerantes que acentuaron la derechización de una parte de la sociedad.
En la última década, el liberalismo de los 90 que sólo parecía tener capacidad para hacer daño desde lo económico, le abrió la puerta y empezó a albergar a una derecha radicalizada que no sólo defiende la “libertad de mercado” sino que se planta con absoluta intolerancia contra del peronismo, los “kukas”, los “planeros”, los “zurdos”, el aborto, las minorías étnicas o la diversidad sexual.
Que una dirigente de la oposición como Patricia Bullrich elija hacer un comentario en contra del Presidente en vez de condenar el ataque a Cristina, muestra que la violencia que encarna ese sector de la oposición no se amilana por lo que está pasando. Ni lo entenderá hasta que la bala que no salió, salga. No importa quién sea la víctima.
El “son ellos o nosotros” de Ricardo López Murphy, el espantoso exministro de Economía de la Alianza ahora reconvertido en “republicano”, sigue en esa línea.
Chubut tiene lo suyo: “Como siempre, Fernández sobreactuando e intentando sacar provecho político de un hecho desgraciado. ¿Qué sentido tiene decretar feriado?”, escribió el exsenador radical y hoy ultrarecontramacrista Gustavo Menna, bajándole el precio al intento de magnicidio. Le gatillaron a la cabeza a la vicepresidente de la Nación pero a Menna –y a muchos otros- le preocupa el feriado.
Las manifestaciones multitudinarias del viernes en todo el país volvieron a demostrar que la reacción popular sigue siendo inversamente proporcional a la capacidad de la dirigencia de turno para ordenar un escenario y un proceso político tan complejo.
El Gobierno nacional debe dar una respuesta a semejante expresión popular. Se necesita tener la mano firme para tomar las medidas que haya que tomar. Debe haber un antes y un después del atentado del jueves. De lo contrario, habrán ganado los violentos y los mercaderes del odio.#

Una falla del arma, la impericia del que la portaba, el destino o lo que cada uno quiera imaginar que ocurrió para que la bala no saliera, impidió que a esta hora la Argentina estuviera atravesada por una conmoción social y política sin precedentes desde el regreso de la democracia hace casi 39 años.
Con el intento de magnicidio de la vicepresidenta Cristina Kirchner se cruzó una línea. La cruzó un violento e intolerante llamado Fernando Andre Sabag Montiel, pero para que eso sucediera hubo antes un terreno allanado por una parte de la dirigencia opositora y por algunos medios de comunicación que cargaron las tintas una y otra vez, sin medir las consecuencias. Peor aún: sin importarles las consecuencias.
La instigación de un magnicidio hay que investigarla a fondo, pero que sea Comodoro Py el encargado de esa tarea genera más dudas que certezas. En cambio, la otra instigación, esa que montaron sin pausa ni paz sectores opositores, es posible que nunca les sea achacada en términos jurídicos pero quedará grabada en la retina y la mente de la mayoría de los argentinos. La bala que no salió a las 20:52 del jueves 1° de septiembre de 2022 la cargaron durante muchos años estos sectores que ahora escriben mensajes solidarios o ponen caras de azorado ante semejante acto de violencia política.
Nadie espera que los que acuñaron libremente las expresiones insultantes, denigrantes y machistas sobre Cristina pidan ahora disculpas. Lo peor es que sembraron esas semillas de odio en miles de argentinos que seguirán repitiendo a coro las peores barbaridades sobre la vicepresidenta o el peronismo. Tienen el mismo gen de odio de quienes acuñaron el “viva el cáncer” contra Evita, celebraron la muerte de Néstor Kirchner, tratan de explicar los males del país en “los setenta años de peronismo” o –ahora- ponen en duda lo que pasó frente a la casa de la vicepresidenta.
La violencia verbal es violencia de la peor. Y genera más violencia cada vez que alguien repite como loro las informaciones falsas, sesgadas o interesadas sobre cualquier sector político. Mal que les pese a los que hoy ocupan la oposición y entre 2015 y 2019 eran el oficialismo, desde esos sectores siguen saliendo una y otra vez los mensajes de odio hacia los adversarios. Asumirlo sería el primer paso para superarlo.
La clase política tiene, por cierto, una mayor responsabilidad que los medios de “incomunicación”. Son algunos dirigentes de Juntos por el Cambio y los libertarios fascistoides Javier Milei y José Luis Espert los que vienen abonando hace mucho tiempo este terreno. Parece haber una competencia para ver quién gira a la derecha más recalcitrante antes que el otro. Y se superan, día a día.
Las bolsas mortuorias, las guillotinas, las horcas con muñecos con el rostro de Cristina o las piedras en la Casa Rosada para “recordar” a las víctimas del Covid, son apenas algunas de las expresiones intolerantes que acentuaron la derechización de una parte de la sociedad.
En la última década, el liberalismo de los 90 que sólo parecía tener capacidad para hacer daño desde lo económico, le abrió la puerta y empezó a albergar a una derecha radicalizada que no sólo defiende la “libertad de mercado” sino que se planta con absoluta intolerancia contra del peronismo, los “kukas”, los “planeros”, los “zurdos”, el aborto, las minorías étnicas o la diversidad sexual.
Que una dirigente de la oposición como Patricia Bullrich elija hacer un comentario en contra del Presidente en vez de condenar el ataque a Cristina, muestra que la violencia que encarna ese sector de la oposición no se amilana por lo que está pasando. Ni lo entenderá hasta que la bala que no salió, salga. No importa quién sea la víctima.
El “son ellos o nosotros” de Ricardo López Murphy, el espantoso exministro de Economía de la Alianza ahora reconvertido en “republicano”, sigue en esa línea.
Chubut tiene lo suyo: “Como siempre, Fernández sobreactuando e intentando sacar provecho político de un hecho desgraciado. ¿Qué sentido tiene decretar feriado?”, escribió el exsenador radical y hoy ultrarecontramacrista Gustavo Menna, bajándole el precio al intento de magnicidio. Le gatillaron a la cabeza a la vicepresidente de la Nación pero a Menna –y a muchos otros- le preocupa el feriado.
Las manifestaciones multitudinarias del viernes en todo el país volvieron a demostrar que la reacción popular sigue siendo inversamente proporcional a la capacidad de la dirigencia de turno para ordenar un escenario y un proceso político tan complejo.
El Gobierno nacional debe dar una respuesta a semejante expresión popular. Se necesita tener la mano firme para tomar las medidas que haya que tomar. Debe haber un antes y un después del atentado del jueves. De lo contrario, habrán ganado los violentos y los mercaderes del odio.#