Por Ismael Tebes / Redacción Jornada
“Si vas a trabajar, prometo no llorar y dejarte ir. Pero si vas para no hacer nada, mejor no vayas”. El mensaje materno y sabio pareció marcar el camino del joven sacerdote a punto de embarcarse hacia un destino incierto, inhóspito que ni siquiera conocía, pero prometía trabajo; fe y alimento para el espíritu.

Un aventuro de la palabra, músico, improvisado futbolista con sotana y sabio buscador de “mensajes divinos” en las cosas simples. Así era el padre Corti. El que nació el 9 de octubre de 1925 en Lecco, Galbiatte un pueblo cerca de Suiza en donde habitaba la pobreza extrema pero también la dignidad. Su padre trabajaba largas horas en una fábrica de altos hornos de herrería.
Y repartía su poco tiempo de descanso en los cinco hijos y la búsqueda de leña para calefaccionar el hogar. Juan solía dormir en un establo y vendía tres veces por semana en el pueblo, ropa y pedazos de queso que le permitían aportar algunas liras para la compra del pan.
La vocación lo llamó a los catorce años. Ayudado por el trabajo solidario que realizaba su madre –enfermera del pueblo- y las misas a las que diariamente asistía. En un seminario salesiano, cerca de su pueblo natal encontró la puerta abierta hacia su destino. Cursó primero sus estudios secundarios y posteriormente inició de lleno, su vida religiosa. Entendió los “dones” que Dios le había asignado, los tomó casi como un tesoro, agradecido de esa virtud.
Sufrió la guerra en carne propia, fue prisionero de los alemanes, llevado a un campo de concentración durante trece meses donde la amenaza y el riesgo cierto de perder la vida fueron para él, una prueba adicional.

Llegó en 1.948 a la Argentina, el país de los sueños de Don Bosco, para finalizar los estudios teológicos y aprender castellano siguiendo el camino de los primeros misioneros entre ellos el padre Cagliero, otrora maestro de Ceferino Namuncurá, quien lo llevó a Italia y lo presentó ante el Papa León XIII.
En Córdoba se ordenó, sin familiares pero sintiendo su presencia “y la de Dios” cercana pese a la distancia. “Somos todos sembradores”, decía convencido de la cosecha celestial. Llegó a Comodoro Rivadavia el 30 de octubre de 1948 cuando la ciudad terminaba casi sin empezar, con el Chenque, el puerto y algunas pocas calles dispersas en medio del campo agreste. La gris Patagonia lo recibió en su juventud, dispuesto a trabajar y “hacer” en una tierra que terminó adoptando como propia.
Su primera escuela la armó en un salón de baile en el ex Tiro Federal donde se encargó de cambiar los malos hábitos por aulas improvisadas, separadas por biombos. Luego se mudó a la iglesia San Carlos utilizando la iglesia, el altar y la sacristía para el dictado de las clases debiendo retirar todos los elementos los días domingo cuando se celebraba la misa.

El hombre-sacerdote terminó dándole paso a la leyenda, al mito viviente. Las partes terminaron conformando una unidad, sólida e imparable. “Si no hubiera tenido la fuerza del hombre, el sacerdote no hubiera podido hacer lo que hizo. Era muy fuerte, muy duro pero a la vez, muy emotivo”, describió Ángel Sánchez en el libro “Obras son amores”, una especie de biografía autorizada del Cura Gaucho. De carácter fuerte solía aplicar el “cachetazo pedagógico” para imponer límites; jugaba partidos de fútbol de “veinte contra veinte” corriendo con la sotana en los bolsillos y hasta ofició de clarinetista y director de coro.

Por Ismael Tebes / Redacción Jornada
“Si vas a trabajar, prometo no llorar y dejarte ir. Pero si vas para no hacer nada, mejor no vayas”. El mensaje materno y sabio pareció marcar el camino del joven sacerdote a punto de embarcarse hacia un destino incierto, inhóspito que ni siquiera conocía, pero prometía trabajo; fe y alimento para el espíritu.

Un aventuro de la palabra, músico, improvisado futbolista con sotana y sabio buscador de “mensajes divinos” en las cosas simples. Así era el padre Corti. El que nació el 9 de octubre de 1925 en Lecco, Galbiatte un pueblo cerca de Suiza en donde habitaba la pobreza extrema pero también la dignidad. Su padre trabajaba largas horas en una fábrica de altos hornos de herrería.
Y repartía su poco tiempo de descanso en los cinco hijos y la búsqueda de leña para calefaccionar el hogar. Juan solía dormir en un establo y vendía tres veces por semana en el pueblo, ropa y pedazos de queso que le permitían aportar algunas liras para la compra del pan.
La vocación lo llamó a los catorce años. Ayudado por el trabajo solidario que realizaba su madre –enfermera del pueblo- y las misas a las que diariamente asistía. En un seminario salesiano, cerca de su pueblo natal encontró la puerta abierta hacia su destino. Cursó primero sus estudios secundarios y posteriormente inició de lleno, su vida religiosa. Entendió los “dones” que Dios le había asignado, los tomó casi como un tesoro, agradecido de esa virtud.
Sufrió la guerra en carne propia, fue prisionero de los alemanes, llevado a un campo de concentración durante trece meses donde la amenaza y el riesgo cierto de perder la vida fueron para él, una prueba adicional.

Llegó en 1.948 a la Argentina, el país de los sueños de Don Bosco, para finalizar los estudios teológicos y aprender castellano siguiendo el camino de los primeros misioneros entre ellos el padre Cagliero, otrora maestro de Ceferino Namuncurá, quien lo llevó a Italia y lo presentó ante el Papa León XIII.
En Córdoba se ordenó, sin familiares pero sintiendo su presencia “y la de Dios” cercana pese a la distancia. “Somos todos sembradores”, decía convencido de la cosecha celestial. Llegó a Comodoro Rivadavia el 30 de octubre de 1948 cuando la ciudad terminaba casi sin empezar, con el Chenque, el puerto y algunas pocas calles dispersas en medio del campo agreste. La gris Patagonia lo recibió en su juventud, dispuesto a trabajar y “hacer” en una tierra que terminó adoptando como propia.
Su primera escuela la armó en un salón de baile en el ex Tiro Federal donde se encargó de cambiar los malos hábitos por aulas improvisadas, separadas por biombos. Luego se mudó a la iglesia San Carlos utilizando la iglesia, el altar y la sacristía para el dictado de las clases debiendo retirar todos los elementos los días domingo cuando se celebraba la misa.

El hombre-sacerdote terminó dándole paso a la leyenda, al mito viviente. Las partes terminaron conformando una unidad, sólida e imparable. “Si no hubiera tenido la fuerza del hombre, el sacerdote no hubiera podido hacer lo que hizo. Era muy fuerte, muy duro pero a la vez, muy emotivo”, describió Ángel Sánchez en el libro “Obras son amores”, una especie de biografía autorizada del Cura Gaucho. De carácter fuerte solía aplicar el “cachetazo pedagógico” para imponer límites; jugaba partidos de fútbol de “veinte contra veinte” corriendo con la sotana en los bolsillos y hasta ofició de clarinetista y director de coro.
