Por Juan Miguel Bigrevich / Redacción Jornada
Feliz día del ciclista argentino —porque hay celebraciones que no nacen del protocolo, sino del coraje. Y hay fechas que no se imprimen en tinta, sino en sudor, en viento, en la vibración constante de una cadena tensada al límite.
El 5 de diciembre es una fogata encendida en mitad del calendario. Arde por culpa —o por fortuna— de Remigio Saavedra, ese mendocino que no usó una bicicleta: la domesticó. La volvió un animal fiel, una extensión de su espíritu, un caballo de dos ruedas que se movía al ritmo obstinado de un corazón que no sabía de renuncias.
Ganó 33 carreras, 200 en pista, 10 en ruta. Pero esas cifras, por sí solas, no alcanzan: Remigio no corría, Remigio tallaba kilómetros. Cada pedaleada era un cincel. Cada etapa, una obra de arte en movimiento.
En 1943, cuando el país todavía rumiaba sus propios silencios, él decidió unir Mendoza con Buenos Aires sin detenerse. Sin pausa. Sin sombra. Sobre una bicicleta con un piñón de 92 dientes que exigía casi un pacto de sangre: 12 metros por pedaleada, como si cada giro fuera una puntada en un tapiz que conectaba cordillera y llanura.
Se habló de proeza, de locura, de hazaña. Pero Remigio no se dio por aludido: simplemente siguió, porque algunos hombres pedalean no para llegar, sino porque la vida les pide avanzar.
Y entonces ocurrió el milagro mayor. El 5 de diciembre de 1981, casi cuatro décadas después, con 70 años sobre los hombros —70 años llenos de días arduos, de madrugadas frías, de piernas que aprendieron a conversar con el cansancio— decidió repetir la travesía. Cuyo a Buenos Aires. 1085 kilómetros. Y lo hizo en 18 horas y 45 minutos, apenas un parpadeo más tarde que su versión joven del ‘43. Como si la edad fuera un mito. Como si el tiempo, ante él, se quitara la gorra y murmurara disculpas.
Al llegar a Palermo, con la tarde abriéndose como un telón dorado, soltó una frase que retrata su alma mejor que todas las crónicas juntas: “Les pido perdón por haber llegado un poco tarde”.
¿Tarde? ¿Puede llegar tarde quien derrota al calendario, al cuerpo y al destino?
“Me acalambré varias veces y pensé largar, pero el compromiso era más fuerte”, agregó después.
Ese compromiso no era con la meta: era con su propia esencia.

Remigio se fue en julio del ‘98, en una mañana fría que quizá se estremeció al verlo partir. Tenía 86, pero llevaba cincuenta vidas adentro, todas arriba de una bicicleta.
Y en su nombre se abren las alas de este homenaje, para Batiz, para el Cóndor Contreras —que no pedalea: planea—, para los Alexandre, los Curuchet que doblaron la pista como si fuera de goma, para Flecha, para el Balo Sepúlveda que tuvo el privilegio de ver campeón a su hijo, ese pequeño meteoro chubutense. Para los Lovera, los Carrasco, los hermanos Smidt, Soria, Erramuspe, y el negro Oliveri y Pastén, que dejaron su firma en cada recta y su aliento en cada curva. Para Perico, para Raúl Bianchi y "Pinocho" Otermin. . Para David Cárdenas, que enciende cada mañana la llama sagrada, como un sacerdote del esfuerzo, y la protege del viento. Y para mis ciclistas favoritos, Alberto y Reginaldo, nombres que no necesitan pergaminos porque ya tienen la nobleza del pedal cotidiano.
Porque el ciclismo no es un deporte: es un credo.
El ciclista es un peregrino que avanza en soledad, acompañado solo por sus latidos, mientras el viento golpea como un interrogatorio. Es un herrero que forja su destino en la fragua de las piernas. Es un poeta que escribe versos circulares sobre un camino que nunca termina.
En las pistas de tartán donde el aire se arremolina como un dragón invisible.
En los parqués que vibran como tambores ceremoniales.
En las rutas de asfalto liso como un billar, donde la velocidad se convierte en plegaria.
Y en esos caminos de arena y de ripio que muerden las ruedas y prueban el carácter, donde cada metro conquistado es una victoria íntima.
Allí vive el ciclista argentino.
Allí respira.
Allí se multiplica.
Y por eso, hoy, que es 5 de diciembre y el país se llena del eco de todas esas bicicletas que alguna vez rodaron, levantamos el casco, miramos el horizonte y repetimos:
Feliz día del ciclista argentino.
Que nunca se detenga la rueda.
Que nunca se apague la llama.
Allí, siempre allí, donde la vida se mide en cadencias, late el corazón del ciclista argentino.
Un corazón que no descansa sino que rueda.
Por Juan Miguel Bigrevich / Redacción Jornada
Feliz día del ciclista argentino —porque hay celebraciones que no nacen del protocolo, sino del coraje. Y hay fechas que no se imprimen en tinta, sino en sudor, en viento, en la vibración constante de una cadena tensada al límite.
El 5 de diciembre es una fogata encendida en mitad del calendario. Arde por culpa —o por fortuna— de Remigio Saavedra, ese mendocino que no usó una bicicleta: la domesticó. La volvió un animal fiel, una extensión de su espíritu, un caballo de dos ruedas que se movía al ritmo obstinado de un corazón que no sabía de renuncias.
Ganó 33 carreras, 200 en pista, 10 en ruta. Pero esas cifras, por sí solas, no alcanzan: Remigio no corría, Remigio tallaba kilómetros. Cada pedaleada era un cincel. Cada etapa, una obra de arte en movimiento.
En 1943, cuando el país todavía rumiaba sus propios silencios, él decidió unir Mendoza con Buenos Aires sin detenerse. Sin pausa. Sin sombra. Sobre una bicicleta con un piñón de 92 dientes que exigía casi un pacto de sangre: 12 metros por pedaleada, como si cada giro fuera una puntada en un tapiz que conectaba cordillera y llanura.
Se habló de proeza, de locura, de hazaña. Pero Remigio no se dio por aludido: simplemente siguió, porque algunos hombres pedalean no para llegar, sino porque la vida les pide avanzar.
Y entonces ocurrió el milagro mayor. El 5 de diciembre de 1981, casi cuatro décadas después, con 70 años sobre los hombros —70 años llenos de días arduos, de madrugadas frías, de piernas que aprendieron a conversar con el cansancio— decidió repetir la travesía. Cuyo a Buenos Aires. 1085 kilómetros. Y lo hizo en 18 horas y 45 minutos, apenas un parpadeo más tarde que su versión joven del ‘43. Como si la edad fuera un mito. Como si el tiempo, ante él, se quitara la gorra y murmurara disculpas.
Al llegar a Palermo, con la tarde abriéndose como un telón dorado, soltó una frase que retrata su alma mejor que todas las crónicas juntas: “Les pido perdón por haber llegado un poco tarde”.
¿Tarde? ¿Puede llegar tarde quien derrota al calendario, al cuerpo y al destino?
“Me acalambré varias veces y pensé largar, pero el compromiso era más fuerte”, agregó después.
Ese compromiso no era con la meta: era con su propia esencia.

Remigio se fue en julio del ‘98, en una mañana fría que quizá se estremeció al verlo partir. Tenía 86, pero llevaba cincuenta vidas adentro, todas arriba de una bicicleta.
Y en su nombre se abren las alas de este homenaje, para Batiz, para el Cóndor Contreras —que no pedalea: planea—, para los Alexandre, los Curuchet que doblaron la pista como si fuera de goma, para Flecha, para el Balo Sepúlveda que tuvo el privilegio de ver campeón a su hijo, ese pequeño meteoro chubutense. Para los Lovera, los Carrasco, los hermanos Smidt, Soria, Erramuspe, y el negro Oliveri y Pastén, que dejaron su firma en cada recta y su aliento en cada curva. Para Perico, para Raúl Bianchi y "Pinocho" Otermin. . Para David Cárdenas, que enciende cada mañana la llama sagrada, como un sacerdote del esfuerzo, y la protege del viento. Y para mis ciclistas favoritos, Alberto y Reginaldo, nombres que no necesitan pergaminos porque ya tienen la nobleza del pedal cotidiano.
Porque el ciclismo no es un deporte: es un credo.
El ciclista es un peregrino que avanza en soledad, acompañado solo por sus latidos, mientras el viento golpea como un interrogatorio. Es un herrero que forja su destino en la fragua de las piernas. Es un poeta que escribe versos circulares sobre un camino que nunca termina.
En las pistas de tartán donde el aire se arremolina como un dragón invisible.
En los parqués que vibran como tambores ceremoniales.
En las rutas de asfalto liso como un billar, donde la velocidad se convierte en plegaria.
Y en esos caminos de arena y de ripio que muerden las ruedas y prueban el carácter, donde cada metro conquistado es una victoria íntima.
Allí vive el ciclista argentino.
Allí respira.
Allí se multiplica.
Y por eso, hoy, que es 5 de diciembre y el país se llena del eco de todas esas bicicletas que alguna vez rodaron, levantamos el casco, miramos el horizonte y repetimos:
Feliz día del ciclista argentino.
Que nunca se detenga la rueda.
Que nunca se apague la llama.
Allí, siempre allí, donde la vida se mide en cadencias, late el corazón del ciclista argentino.
Un corazón que no descansa sino que rueda.