Por Juan Miguel Bigrevich / Redacción Jornada
Hace 201 años terminaba todo. O empezaba. Aunque no parezca. Hace 201 años, aparecía, en su tosca desnudez original, la Patria Grande Latinoamericana. Aunque su aparición todavía cueste. Y mucho. Hace exactamente, 201 años se derrotaba al imperio español, que tardó algunos años en reconocerlo. Un 9 de diciembre de 1824, las tropas comandadas por el venezolano Antonio Sucre y secundados por el peruano Agustín Gamarra y el inglés Guillermo Miller, despedazaba al ejército realista en la batalla de Ayacucho, en Perú. La última gran pelea continental. 307 bajas y 600 heridos propios y 1.800 muertos más 700 lisiados ajenos fue el saldo de la victoria que puso de patitas a la calle el intento del rey Fernando VII de volver a instalar un absolutismo caduco e inútil y que derivó en una interna feroz hasta en las propias tropas godas y en algunos pactos -al menos dudosos- de algunos como de nuestro apreciado Bernardino Rivadavia y de parte del ejército libertador en El Callao.
Los Húsares de Junín peruanos y los Granaderos a Caballo conducidos -estos últimos- por Necochea fueron medulares para la victoria, haciendo caso a la arenga de Sucre horas antes: "Soldados...de los esfuerzos de hoy depende la suerte de América del Sur". Cumplieron. Su pacto de honor. Para los que venían y vienen llegando.
Ellos eran más. Nosotros, menos. Ellos no conocían el territorio del todo. Nosotros, sí. Ellos venían por el yugo. Nosotros, por la libertad. Ellos, por el oro y la plata.
Nosotros, por la gloria. Ellos, perdieron. Nosotros, ganamos; y aunque aún cueste disfrutar del triunfo, se pudo (y se puede) dejarlo relatado en alguna épica que vale la pena recordar.
Decenas de años después, fuimos a jugar la final de la llamada Copa Libertadores de América a Madrid. ¡A Madrid! La capital del imperio español al que echamos para ser libres. El fútbol y sus simbolismos. Por el oro y la plata. Hoy, de Madrid todo el mundo se acuerda. De Ayacucho, nadie. Somos patéticos y seguimos analizando si conviene ser patria o colonia, aunque de otro imperio.
Aquel que no conoce su historia -la de hombres y mujeres que dejaron la piel, el juramento y su corazón en la tierra que amaban- está condenado a repetirla. A veces como gran tragedia, otras como miserable farsa.
Por Juan Miguel Bigrevich / Redacción Jornada
Hace 201 años terminaba todo. O empezaba. Aunque no parezca. Hace 201 años, aparecía, en su tosca desnudez original, la Patria Grande Latinoamericana. Aunque su aparición todavía cueste. Y mucho. Hace exactamente, 201 años se derrotaba al imperio español, que tardó algunos años en reconocerlo. Un 9 de diciembre de 1824, las tropas comandadas por el venezolano Antonio Sucre y secundados por el peruano Agustín Gamarra y el inglés Guillermo Miller, despedazaba al ejército realista en la batalla de Ayacucho, en Perú. La última gran pelea continental. 307 bajas y 600 heridos propios y 1.800 muertos más 700 lisiados ajenos fue el saldo de la victoria que puso de patitas a la calle el intento del rey Fernando VII de volver a instalar un absolutismo caduco e inútil y que derivó en una interna feroz hasta en las propias tropas godas y en algunos pactos -al menos dudosos- de algunos como de nuestro apreciado Bernardino Rivadavia y de parte del ejército libertador en El Callao.
Los Húsares de Junín peruanos y los Granaderos a Caballo conducidos -estos últimos- por Necochea fueron medulares para la victoria, haciendo caso a la arenga de Sucre horas antes: "Soldados...de los esfuerzos de hoy depende la suerte de América del Sur". Cumplieron. Su pacto de honor. Para los que venían y vienen llegando.
Ellos eran más. Nosotros, menos. Ellos no conocían el territorio del todo. Nosotros, sí. Ellos venían por el yugo. Nosotros, por la libertad. Ellos, por el oro y la plata.
Nosotros, por la gloria. Ellos, perdieron. Nosotros, ganamos; y aunque aún cueste disfrutar del triunfo, se pudo (y se puede) dejarlo relatado en alguna épica que vale la pena recordar.
Decenas de años después, fuimos a jugar la final de la llamada Copa Libertadores de América a Madrid. ¡A Madrid! La capital del imperio español al que echamos para ser libres. El fútbol y sus simbolismos. Por el oro y la plata. Hoy, de Madrid todo el mundo se acuerda. De Ayacucho, nadie. Somos patéticos y seguimos analizando si conviene ser patria o colonia, aunque de otro imperio.
Aquel que no conoce su historia -la de hombres y mujeres que dejaron la piel, el juramento y su corazón en la tierra que amaban- está condenado a repetirla. A veces como gran tragedia, otras como miserable farsa.