Soy el hijo del hombre que encendía la noche

En el aniversario de su nacimiento y a nueve años de su partida, el recuerdo de Reginaldo —electricista, obrero y padre— vuelve como homenaje a una generación que construyó ciudades con las manos, el sacrificio y la dignidad.


27 ABR 2026 - 16:11 | Actualizado 27 ABR 2026 - 16:22

Por Juan Miguel Bigrevich / Redacción Jornada

Mi viejo empezó a pelearle a la vida cuando todavía era un pibe con manos de niño y destino de hombre.

A los trece pelaba langostinos entre el hielo, el hambre y el frio; aprendiendo demasiado temprano que el mundo no reparte justicia, apenas oportunidades para resistir.

A los catorce entró a la usina. Y ya no salió nunca más.

Don Pedro Rubino le abrió una puerta; Marcelino Trivelli le enseñó a cruzarla. Mentor, compañero, padre prestado para un huérfano de los que nacen con el alma a la intemperie.

Con él aprendió el oficio, la dignidad y la certeza de que un hombre vale por la palabra que sostiene y el trabajo que deja detrás.

Compró su primera bicicleta y con ella desafió al viento patagónico como si fuera un enemigo personal.

Corrió rutas de ripio, saltó guardaganados, mordió cunetas, ganó sprint subiéndose a las veredas mientras Rawson rugía su nombre como se grita a los guerreros.

Porque algunos hombres no compiten. Conquistan.

Nunca traicionó a su tierra. Ni siquiera cuando vinieron a tentarlo desde afuera.

Porque mi viejo amaba a Rawson con esa lealtad feroz de los hombres que entienden que la patria también puede ser una esquina, una calle de tierra, una usina encendida en la noche.

Le dio luz a una ciudad que todavía dormía a oscuras. Cuando la electricidad se apagaba a medianoche, ahí estaba él, metiéndole gasoil al corazón de los motores para que el pueblo siguiera respirando.

Subía postes bajo tormentas. Desafiaba relámpagos. Apostaba con escaleras atadas con alambre quién llegaba más alto al cielo. Colgó luces para corsos legendarios. Y armó vehículos con pedazos de otros como si fuera un herrero de la necesidad.

Trajo andando desde Buenos Aires la primera grúa del servicio eléctrico cooperativista, cruzando media patria con una máquina mal parida que le habían armado con tanque equivocado.

Dos días tardó.

Porque los hombres de verdad no preguntan si se puede. Lo hacen.

Vio caer compañeros.

Vio la muerte bajar en forma de descarga eléctrica.

Vio arder a un amigo.

Veló a otro. Y siguió.

Porque hay hombres que lloran en silencio y al día siguiente vuelven a subirse al poste.

Fundó sindicato. Defendió compañeros. Construyó comunidad. Dejó huella donde puso los pies.

Quiso ser ingeniero. La vida no le dio título. Pero fue más grande que cualquier diploma.

Fue obrero. Ciclista. Compañero.

Fue padre. Fue el Reino. Reginaldo. Que comenzó a secarse poquito a poco cuando dejó de trenzar el cobre.

Mi viejo. Mi héroe en todo este lío que es la vida.

El hombre de ojos color cielo y carácter de tormenta.

El que jugaba conmigo a la pelota haciéndome creer que éramos Potente y García Cambón. El que me llevaba a todas las canchas aunque el fútbol le importara poco y nada.

El que me enseñó, sin decirlo, que un hombre se define por cómo ama, cómo trabaja y cómo resiste.

Hace nueve años partió al comando celestial. Y aunque el calendario insista en su ausencia, hay hombres que no mueren. Se vuelven raíz. Se vuelven bandera.
Se vuelven brújula.

Porque los inolvidables no se van. Se quedan habitando en la sangre de quienes los nombran.

Y yo lo nombro con orgullo. Con el pecho inflado. Con la memoria ardiendo.

Soy el hijo del de la usina.Soy el hijo del electricista. Ese es mi origen. De ahí vengo. Y mientras respire, llevaré su apellido como se lleva una antorcha.

Hoy cumpliría años…


27 ABR 2026 - 16:11

Por Juan Miguel Bigrevich / Redacción Jornada

Mi viejo empezó a pelearle a la vida cuando todavía era un pibe con manos de niño y destino de hombre.

A los trece pelaba langostinos entre el hielo, el hambre y el frio; aprendiendo demasiado temprano que el mundo no reparte justicia, apenas oportunidades para resistir.

A los catorce entró a la usina. Y ya no salió nunca más.

Don Pedro Rubino le abrió una puerta; Marcelino Trivelli le enseñó a cruzarla. Mentor, compañero, padre prestado para un huérfano de los que nacen con el alma a la intemperie.

Con él aprendió el oficio, la dignidad y la certeza de que un hombre vale por la palabra que sostiene y el trabajo que deja detrás.

Compró su primera bicicleta y con ella desafió al viento patagónico como si fuera un enemigo personal.

Corrió rutas de ripio, saltó guardaganados, mordió cunetas, ganó sprint subiéndose a las veredas mientras Rawson rugía su nombre como se grita a los guerreros.

Porque algunos hombres no compiten. Conquistan.

Nunca traicionó a su tierra. Ni siquiera cuando vinieron a tentarlo desde afuera.

Porque mi viejo amaba a Rawson con esa lealtad feroz de los hombres que entienden que la patria también puede ser una esquina, una calle de tierra, una usina encendida en la noche.

Le dio luz a una ciudad que todavía dormía a oscuras. Cuando la electricidad se apagaba a medianoche, ahí estaba él, metiéndole gasoil al corazón de los motores para que el pueblo siguiera respirando.

Subía postes bajo tormentas. Desafiaba relámpagos. Apostaba con escaleras atadas con alambre quién llegaba más alto al cielo. Colgó luces para corsos legendarios. Y armó vehículos con pedazos de otros como si fuera un herrero de la necesidad.

Trajo andando desde Buenos Aires la primera grúa del servicio eléctrico cooperativista, cruzando media patria con una máquina mal parida que le habían armado con tanque equivocado.

Dos días tardó.

Porque los hombres de verdad no preguntan si se puede. Lo hacen.

Vio caer compañeros.

Vio la muerte bajar en forma de descarga eléctrica.

Vio arder a un amigo.

Veló a otro. Y siguió.

Porque hay hombres que lloran en silencio y al día siguiente vuelven a subirse al poste.

Fundó sindicato. Defendió compañeros. Construyó comunidad. Dejó huella donde puso los pies.

Quiso ser ingeniero. La vida no le dio título. Pero fue más grande que cualquier diploma.

Fue obrero. Ciclista. Compañero.

Fue padre. Fue el Reino. Reginaldo. Que comenzó a secarse poquito a poco cuando dejó de trenzar el cobre.

Mi viejo. Mi héroe en todo este lío que es la vida.

El hombre de ojos color cielo y carácter de tormenta.

El que jugaba conmigo a la pelota haciéndome creer que éramos Potente y García Cambón. El que me llevaba a todas las canchas aunque el fútbol le importara poco y nada.

El que me enseñó, sin decirlo, que un hombre se define por cómo ama, cómo trabaja y cómo resiste.

Hace nueve años partió al comando celestial. Y aunque el calendario insista en su ausencia, hay hombres que no mueren. Se vuelven raíz. Se vuelven bandera.
Se vuelven brújula.

Porque los inolvidables no se van. Se quedan habitando en la sangre de quienes los nombran.

Y yo lo nombro con orgullo. Con el pecho inflado. Con la memoria ardiendo.

Soy el hijo del de la usina.Soy el hijo del electricista. Ese es mi origen. De ahí vengo. Y mientras respire, llevaré su apellido como se lleva una antorcha.

Hoy cumpliría años…


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