Bigornia, una barricada emocional contra el olvido.

Entre barro, viento y rebeldía, un puñado de locos convirtió un simple “parche” en una patria emocional. A 55 años de su nacimiento, Bigornia Club sigue ardiendo como símbolo de identidad, pertenencia y resistencia en el corazón de Rawson.


24 MAY 2026 - 11:50 | Actualizado 24 MAY 2026 - 11:55

Por Juan Miguel Bigrevich / Redacción Jornada

En una Rawson todavía áspera, ventosa y deshilachada por las distancias, cuando el río parecía arrastrar silencios eternos y el invierno se instalaba en los huesos antes que en el calendario, un puñado de locos decidió desafiar la lógica. Eran hombres comunes con sueños desmesurados. No tenían fortuna. No tenían certezas. Apenas tenían una convicción feroz: construir algo que sobreviviera al tiempo y a la derrota.

Y así, un 24 de mayo de 1971, en una tierra donde muchos apenas sobrevivían, nació Bigornia Club.

Como nacen las cosas inmortales: entre la precariedad y la fe.

Le dijeron utopía. Le dijeron delirio. Le dijeron parche. Y lo fue. Claro que lo fue. Pero hay parches que no tapan heridas: las convierten en banderas.

Bigornia no apareció como un edificio elegante ni como una estructura perfecta. Surgió como un fogón encendido en medio del viento patagónico. Como un refugio de rebeldes.

Como una trinchera donde el barro, el sacrificio y la amistad valían más que cualquier trofeo.

Porque Bigornia jamás fue solamente rugby, hockey, remo o tenis.

Bigornia fue y es una manera salvaje de pertenecer.

Un idioma propio.

Una religión pagana con olor a pasto mojado, río helado, cinta aisladora y tercer tiempo.

Mientras otros soñaban con comodidad, ellos soñaban con permanencia. Mientras algunos elegían el cinismo, ellos eligieron construir. Y construir en la Patagonia no es una metáfora poética: es pelear contra el viento todos los días.

Por eso Bigornia tiene algo de milagro obrero.

Algo de epopeya hecha con manos agrietadas.

Porque cada tablón levantado, cada viaje, cada camiseta comprada, cada chico llevado a entrenar, cada ladrillo puesto y cada deuda emocional pagada con esfuerzo tuvieron detrás a tipos y mujeres que dejaron pedazos de vida para sostener una idea mucho más grande que ellos mismos.

El club se volvió casa. Se volvió refugio. Se volvió identidad.

Y entonces aparecieron los nombres. Los eternos. Los que ya no pertenecen solamente a una familia sino a la memoria colectiva de Rawson. El “Coco” Desiderio Pereyra buscando chicos por las calles como quien recluta soñadores para una revolución ovalada. El “Chueco” Yllana y Tomás Bastida desafiando el río como si el agua pudiera obedecerles. El “León” Matschke entrando a un maul roto y lastimado porque hay hombres que antes de abandonar el combate prefieren quebrarse el cuerpo. El “Viejo” Silva mezclando Fiat, hockey y pasión. El “Guigue” Bazán caminando la historia con esos botines Ocelote marrones que ya son patrimonio sentimental de una ciudad.

Su nombre se renueva en oídos queridos de varias generaciones, llenos de voces y de cantos con una ferocidad pasional. Como con Porota. Como el Conde Nudelman.

Son las primeras camisetas buscadas en “Testai” gracias a una casualidad de “Quique” Rubino y que combinaban el negro y el naranja de las cubiertas con sus parches. Es el “Chino” y “Macro” Maldonado y Ezequiel corriendo tras una guinda. Y Miriam, Luciana y Macarena, como para no andar mezquinando algunos nombres. Es Arturo en los albores del rugby y la raqueta y sus hijos y sus nietos, los que están y los que no, pero que los sigue llevando dentro de él. Es María Rosa y el “Lenteja”; es el “Tato” Silva que donó lo que tenía que donar. Es Federico Landau, tan tenaz como apasionado, por él y los suyos. Son el “Cabezón” Carlos Coustet y Juan, su hijo y Ovidio, su viejo en su memoria. Es el inolvidable “Pato” Oliva y Morgan James y el “Changui” Ríos. Y el “Lámpara” y…

Y están los otros. Los silenciosos. Los que acomodaron mesas. Los que pintaron líneas. Los que lavaron camisetas. Los que vendieron rifas. Los que hipotecaron horas de descanso para regalarle futuro a un club que sentían más propio que su propia sangre.

Porque en Bigornia la sangre nunca fue roja. Fue negra y naranja.

Y todavía late.

Late en cada pibe que entra al predio sin entender todavía que no está entrando solamente a un club sino a una herencia emocional. Late en las madres que esperan entrenamientos eternos. Late en los veteranos que miran una cancha vacía y ven fantasmas felices corriendo sobre el césped.

Bigornia no es nostalgia. Es resistencia. Es un animal herido que se negó siempre a morir.

Porque claro que hubo tormentas. Hubo miserias. Hubo derrotas. Hubo años donde parecía más fácil bajar los brazos que seguir peleando. Hubo críticas, destratos y noches donde la incertidumbre caminó por los pasillos como una sombra pesada.

Pero hay instituciones que cuando caen, se rompen.

Y hay otras que cuando caen, aprenden a rugir.

Bigornia pertenece a las segundas.

Por eso estos 55 años no son solamente un aniversario. Son una declaración de principios. Son la prueba de que todavía existen lugares donde la amistad no cotiza en bolsa, donde el sentido de pertenencia no se negocia y donde el amor por una camiseta puede ser más fuerte que el cansancio del mundo.

Porque Bigornia no enseña únicamente a ganar. Enseña algo mucho más difícil que es quedarse. Quedarse cuando no hay plata. Quedarse cuando duele. Quedarse cuando el reconocimiento no llega. Quedarse cuando el viento patagónico parece querer arrancarlo todo.

Y quizás ahí viva su verdadera grandeza.

En haber transformado un parche en una patria emocional.

En haber convertido un grupo de locos en una comunidad.

En haber hecho del sacrificio una épica cotidiana.

Hay clubes que acumulan títulos.

Bigornia acumuló almas.

Y por eso su nombre retumba distinto. Porque no pertenece solamente al deporte. Pertenece a la memoria sentimental de Rawson. A sus calles. A su río. A sus inviernos interminables. A esa obstinación tan patagónica de pelear incluso cuando todo parece perdido.

Bigornia es el abrazo después del golpe. Es la risa después de la derrota. Es el humo del tercer tiempo elevándose como una plegaria pagana hacia el cielo frío del sur. Es la tribuna rota cantando igual. Es el barro convertido en orgullo. Es la rebeldía organizada. Y también es una advertencia.

Porque mientras existan lugares así, todavía habrá gente capaz de creer en algo más grande que sí misma.

Hace 55 años, 26 locos lindos fundaron un club. No lo sabían todavía, pero también estaban fundando una forma de amar.

Y el amor, cuando es verdadero, nunca envejece.

Arde. Como arde Bigornia. Con furia. Con memoria.

Con el cielo como límite.

En memoria del “Nono” Awstin.

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24 MAY 2026 - 11:50

Por Juan Miguel Bigrevich / Redacción Jornada

En una Rawson todavía áspera, ventosa y deshilachada por las distancias, cuando el río parecía arrastrar silencios eternos y el invierno se instalaba en los huesos antes que en el calendario, un puñado de locos decidió desafiar la lógica. Eran hombres comunes con sueños desmesurados. No tenían fortuna. No tenían certezas. Apenas tenían una convicción feroz: construir algo que sobreviviera al tiempo y a la derrota.

Y así, un 24 de mayo de 1971, en una tierra donde muchos apenas sobrevivían, nació Bigornia Club.

Como nacen las cosas inmortales: entre la precariedad y la fe.

Le dijeron utopía. Le dijeron delirio. Le dijeron parche. Y lo fue. Claro que lo fue. Pero hay parches que no tapan heridas: las convierten en banderas.

Bigornia no apareció como un edificio elegante ni como una estructura perfecta. Surgió como un fogón encendido en medio del viento patagónico. Como un refugio de rebeldes.

Como una trinchera donde el barro, el sacrificio y la amistad valían más que cualquier trofeo.

Porque Bigornia jamás fue solamente rugby, hockey, remo o tenis.

Bigornia fue y es una manera salvaje de pertenecer.

Un idioma propio.

Una religión pagana con olor a pasto mojado, río helado, cinta aisladora y tercer tiempo.

Mientras otros soñaban con comodidad, ellos soñaban con permanencia. Mientras algunos elegían el cinismo, ellos eligieron construir. Y construir en la Patagonia no es una metáfora poética: es pelear contra el viento todos los días.

Por eso Bigornia tiene algo de milagro obrero.

Algo de epopeya hecha con manos agrietadas.

Porque cada tablón levantado, cada viaje, cada camiseta comprada, cada chico llevado a entrenar, cada ladrillo puesto y cada deuda emocional pagada con esfuerzo tuvieron detrás a tipos y mujeres que dejaron pedazos de vida para sostener una idea mucho más grande que ellos mismos.

El club se volvió casa. Se volvió refugio. Se volvió identidad.

Y entonces aparecieron los nombres. Los eternos. Los que ya no pertenecen solamente a una familia sino a la memoria colectiva de Rawson. El “Coco” Desiderio Pereyra buscando chicos por las calles como quien recluta soñadores para una revolución ovalada. El “Chueco” Yllana y Tomás Bastida desafiando el río como si el agua pudiera obedecerles. El “León” Matschke entrando a un maul roto y lastimado porque hay hombres que antes de abandonar el combate prefieren quebrarse el cuerpo. El “Viejo” Silva mezclando Fiat, hockey y pasión. El “Guigue” Bazán caminando la historia con esos botines Ocelote marrones que ya son patrimonio sentimental de una ciudad.

Su nombre se renueva en oídos queridos de varias generaciones, llenos de voces y de cantos con una ferocidad pasional. Como con Porota. Como el Conde Nudelman.

Son las primeras camisetas buscadas en “Testai” gracias a una casualidad de “Quique” Rubino y que combinaban el negro y el naranja de las cubiertas con sus parches. Es el “Chino” y “Macro” Maldonado y Ezequiel corriendo tras una guinda. Y Miriam, Luciana y Macarena, como para no andar mezquinando algunos nombres. Es Arturo en los albores del rugby y la raqueta y sus hijos y sus nietos, los que están y los que no, pero que los sigue llevando dentro de él. Es María Rosa y el “Lenteja”; es el “Tato” Silva que donó lo que tenía que donar. Es Federico Landau, tan tenaz como apasionado, por él y los suyos. Son el “Cabezón” Carlos Coustet y Juan, su hijo y Ovidio, su viejo en su memoria. Es el inolvidable “Pato” Oliva y Morgan James y el “Changui” Ríos. Y el “Lámpara” y…

Y están los otros. Los silenciosos. Los que acomodaron mesas. Los que pintaron líneas. Los que lavaron camisetas. Los que vendieron rifas. Los que hipotecaron horas de descanso para regalarle futuro a un club que sentían más propio que su propia sangre.

Porque en Bigornia la sangre nunca fue roja. Fue negra y naranja.

Y todavía late.

Late en cada pibe que entra al predio sin entender todavía que no está entrando solamente a un club sino a una herencia emocional. Late en las madres que esperan entrenamientos eternos. Late en los veteranos que miran una cancha vacía y ven fantasmas felices corriendo sobre el césped.

Bigornia no es nostalgia. Es resistencia. Es un animal herido que se negó siempre a morir.

Porque claro que hubo tormentas. Hubo miserias. Hubo derrotas. Hubo años donde parecía más fácil bajar los brazos que seguir peleando. Hubo críticas, destratos y noches donde la incertidumbre caminó por los pasillos como una sombra pesada.

Pero hay instituciones que cuando caen, se rompen.

Y hay otras que cuando caen, aprenden a rugir.

Bigornia pertenece a las segundas.

Por eso estos 55 años no son solamente un aniversario. Son una declaración de principios. Son la prueba de que todavía existen lugares donde la amistad no cotiza en bolsa, donde el sentido de pertenencia no se negocia y donde el amor por una camiseta puede ser más fuerte que el cansancio del mundo.

Porque Bigornia no enseña únicamente a ganar. Enseña algo mucho más difícil que es quedarse. Quedarse cuando no hay plata. Quedarse cuando duele. Quedarse cuando el reconocimiento no llega. Quedarse cuando el viento patagónico parece querer arrancarlo todo.

Y quizás ahí viva su verdadera grandeza.

En haber transformado un parche en una patria emocional.

En haber convertido un grupo de locos en una comunidad.

En haber hecho del sacrificio una épica cotidiana.

Hay clubes que acumulan títulos.

Bigornia acumuló almas.

Y por eso su nombre retumba distinto. Porque no pertenece solamente al deporte. Pertenece a la memoria sentimental de Rawson. A sus calles. A su río. A sus inviernos interminables. A esa obstinación tan patagónica de pelear incluso cuando todo parece perdido.

Bigornia es el abrazo después del golpe. Es la risa después de la derrota. Es el humo del tercer tiempo elevándose como una plegaria pagana hacia el cielo frío del sur. Es la tribuna rota cantando igual. Es el barro convertido en orgullo. Es la rebeldía organizada. Y también es una advertencia.

Porque mientras existan lugares así, todavía habrá gente capaz de creer en algo más grande que sí misma.

Hace 55 años, 26 locos lindos fundaron un club. No lo sabían todavía, pero también estaban fundando una forma de amar.

Y el amor, cuando es verdadero, nunca envejece.

Arde. Como arde Bigornia. Con furia. Con memoria.

Con el cielo como límite.

En memoria del “Nono” Awstin.