Por Rolando Tobarez
El Tribunal Oral Federal de Comodoro Rivadavia condenó a Cristóbal Barboza a tres años de prisión domiciliaria efectiva, por engañar y explotar sexualmente a una correntina de 23 años bajo amenazas. El hombre es un conocido personaje de la noche valletana, cordobés de 71 años.
La víctima sólo puede conocerse por sus iniciales: M.C.R. Su historia no es diferente a tantas: llegó a Rawson tras la promesa de un buen trabajo como empleada doméstica. A bordo de un Corsa blanco, Barboza la recibió en la terminal capitalina y la encerró en una pieza de Puerto Rawson. Se trataba de “La Sirenita”, un prostíbulo de su propiedad.
Los jueces Enrique Guanziroli, Pedro de Diego y Nora Cabrera de Monella tomaron otra decisión inédita: ordenaron decomisar los muebles y un tercio de ese local, ubicado en Embarcación Aguará Guazú y Comodoro Lasserre, y usar esas instalaciones para programas de asistencia a las víctimas de la trata. Por problemas de salud, el acusado no irá a una cárcel común.
Además de “La Sirenita”, Barboza figuraba como titular en Trelew de los locales “Le Club”, y “San Cristóbal”. “Percibe $2.800 de jubilación y $18.000 por ingreso de ambos comercios, suficientes para que solvente gastos de familia a cargo. Posee buen concepto entre sus vecinos”, dice el fallo.
La madrugada del 11 de febrero de 2010, Policía recibió el llamado desesperado de la joven, recién escapada de su encierro. Más tranquila, en la Comisaría de la Mujer denunció que el 5 de febrero, en Corrientes, un tal “Rubén González” o “El Mono” le ofreció trabajo de empleada doméstica cama adentro, en Rawson, con una familia conocida. Ganaría 60 pesos por día. La chica contó que aceptó la oferta en Chubut porque “quería trabajar y acá se gana bien, mejor que allá”.
Le pagó el pasaje por tierra y le dio cien pesos para el viaje. El 8 de febrero la esperó en la terminal capitalina otro “González” (resultó ser Barboza), en un Corsa blanco cuatro puertas con vidrios polarizados. Luego lo describiría como de unos 60 años, canoso, morocho, no muy alto, panza, de camisa y pantalón de vestir. La trasladó a una casa de Puerto Rawson, dos pisos, rosa. Al llegar se sorprendió porque “no parecía una casa, es un club”. Sólo debía limpiar, le dijo. La encerró con llave.
Desconcierto
Desconcertada, entendió su situación cuando de madrugada, Barboza entró a la pieza con otro sujeto y la obligó a desnudarse y tener sexo. “Hacé lo que te digo porque de acá no salís viva; te voy a matar, ¿me entendés?”, le gritaba mientras le tiraba de los pelos.
El cliente no usó preservativo y al irse quedó bajo llave de nuevo. Quería escaparse pero era una ventanita pequeña y alta. Su celular no tenía crédito y la zona no tenía señal. Según la causa, “allí hay un triángulo portuario que carece de señal telefónica celular”. Sólo comió un sándwich y tomó agua. No había ni lámpara.
La madrugada siguiente la clientela se repitió. El sujeto salió por una bebida. M.C.R.aprovechó el descuido, tomó su bolsito –que no desarmó desde su llegada- y escapó temblando de miedo. Corrió 3 cuadras. Ni un alma. Llamó al 101.
Antes de que una patrulla la rescatara recibió una llamada de un número privado con una amenaza: sabían que tenía una hermana de 17 años en Corrientes, a qué escuela iba y le podía pasar lo mismo si los delataba. “Me dijeron que me cuidara y que me olvide de todo lo que vi porque nunca más iba a ver a mi gente”. Su hermana “va y viene sola al colegio y si yo contaba cómo eran ellos, se la llevaban; ya lo viví pero no quiero que le pase nada a ella”. En la Comisaría de la Mujer la describieron como “muy acongojada, temerosa, sumisa y desconcertada”. Hambrienta y shockeada, la tranquilizaron con café con leche y galletitas. Muy cansada y desencajada, le molestaba la luz, no había dormido y quería bañarse. El Servicio de Asistencia a la Víctima del Delito la encontró “cabizbaja y abatida”.Su relató mostró secuelas compatibles con presunto abuso sexual: maltrato psicológico y físico vinculados al ámbito desconocido, sentimiento de desvalimiento, angustia y temor intensos, vulnerabilidad, indefensión, desamparo social, necesidad de protección, disminución de la autoestima, impotencia, frustración e inseguridad.
Hizo un retrato hablado que encontró parecido en un 80 por ciento a Barboza y lo reconoció en rueda de fotos como el dueño del lugar. También reconstruyó su lugar de cautiverio. Un policía le pidió disculpas:
-Vamos a tratar de hacer todo lo que se pueda para que no vuelva a ocurrir….
-Lo que me pasó no hay cómo borrarlo; igual estoy agradecida de estar acá y que ya estoy a salvo. Más allá de lo que me haya pasado muchos no tienen la misma posibilidad, no vuelven nunca más o se mueren o cualquier cosa. Yo estoy acá.
En su defensa, Barboza dijo que el local estaba cerrado. Explicó que hasta marzo de 2007 había funcionado “La Sirenita” como cabaret, con mujeres de Trelew con libreta sanitaria que trabajaban por copas. Pero cerró y enrejó todo. “Ignora porqué se lo involucró en la denuncia porque no tiene enemigos”. El local tenía un pasillo largo y diez habitaciones por lado. “En los tres días que dijo estar encerrada pudo gritar, ya que se abren hacia el exterior y no entiende que no lo haya hecho, pues hay vecinos y es una zona muy transitada”. El condenado deslizó que la causa era un “pase de factura” del ambiente de la noche. Pero no aportó nombres.
Tras tres entrevistas, Daniel Rodríguez, secretario del Consejo de la Niñez, Adolescencia y Familia, llevó en su coche particular a la joven a la terminal de Trelew para su regreso. “La vio más ansiosa, asustada, aún en la terminal, lloró, se sacó una foto y le pidió su teléfono, dándole el suyo”. Al otro día le avisó de su llegada a salvo. “Mantuvo contacto esporádico, incluso le dijo quería visitarla, estaba estudiando y trabajando; mandó un mensaje pero ya no contestó más”.
“Prostíbulo para alternancia de mujeres y de marineros”
Según el fallo, excepto detalles el relato de M.C.R. nunca varió. “Se contactó desde su provincia natal con quien la embaucó, viajó a su cuenta, se encontró en la terminal con quien la llevaría a una vivienda de la zona a pernoctar y quien luego describe la encerró y exigió favores a terceros”.
Es posible que si no contó más haya sido “por el afán por su seguridad personal y la de sus seres queridos, que siempre vio amenazada por sus captores y así resulta entendible que en su relato, parcialmente indefinido, también precaviera represalias”. Lo hizo “para protegerse de un peligro que sentía inminente”.
En cuanto a su dificultad para identificar a “El Mono”, los jueces consideraron que “es bien conocida la imprecisión con que ensombrecen a sus personas y actividades los involucrados en estos delitos y difícil sería a su víctima brindar mayores datos”.
Quien la buscó en la terminal rawsense “esperaba su llegada, supo del comienzo de su viaje, el medio y horario de su arribo y conoció su nombre y tuvo su descripción, al modo en que los involucrados aseguran a sus víctimas”.
Por el largo viaje, la poca comida y su estado de shock, “sus sentidos estarían acentuadamente debilitados como para percibir y referir precisiones”, consideraron. Aún así reconoció a Barboza y describió las instalaciones de “La Sirenita”. “Si todo hubiera estado tan cerrado como se pretende, ningún local podría haber sido descripto con minucia por la víctima, como sucedió”. Aunque suele pasar, no le sacaron sus documentos. Es que su cautiverio fue corto: llegó un 7 de febrero y escapó el 11.
“No fraguó una historia ni fabuló con un afán encubierto por causar un mal a una persona que ni siquiera conocía y en un sitio del que era ajena”, dice el fallo. “Bien pudo la joven en el encierro sorpresivo y no querido, por su estado de debilidad física y sicológica, perder transitoriamente toda esperanza para intentar huir, en un medio lejano y desconocido y que parecía hostil y se abandonó temporariamente a su suerte, máxime cuando la falta de señal para su celular en la vivienda le prohibía toda comunicación exterior, que sabía el causante cuando le devolvió su aparato”.
Que Barboza tomara fuertes calmantes por sus problemas para caminar o usara bastón, no le impedía “conversar con la joven, conducir un auto poco más de 30 kilómetros, ascender un piso, encerrarla con llave y facilitarla a otros, asegurando así el negocio rentable que podía representar a futuro, esa joven”.
Es inexplicable que si la chica no estuvo en “La Sirenita” haya podido conocer datos certeros sobre personas, comportamientos y lugares, en una zona desconocida. Y no hay evidencia de que haya querido perjudicar al imputado.
“Barboza residía dedicado tiempo atrás a las actividades recreativas que relató, e incluyeron trabajo nocturno de mujeres en su comercio”, confirma la sentencia. Los policías que actuaron revelaron “supuestas actividades añejas del acusado, utilizando el comercio como un prostíbulo para alternancia de mujeres y marineros”.
La chica pudo abrir la ventana y gritar por ayuda. Pero este argumento “deja de lado las amenazas, maltratos y coacciones que padecía y que le impedían decidir sobre su vida con libertad; desconocía el medio al que había llegado, ignoraba quiénes eran sus vecinos y su grado de lealtad con el denunciado”.
Barboza supo que cometía un delito, se contactó con el sujeto que captó a su víctima en Corrientes y le proporcionó los medios para identificarla al venir del viaje. Conoció origen, horario y empresa que la trasladaba. Voluntariamente cambió su apellido y se la llevó.
Por Rolando Tobarez
El Tribunal Oral Federal de Comodoro Rivadavia condenó a Cristóbal Barboza a tres años de prisión domiciliaria efectiva, por engañar y explotar sexualmente a una correntina de 23 años bajo amenazas. El hombre es un conocido personaje de la noche valletana, cordobés de 71 años.
La víctima sólo puede conocerse por sus iniciales: M.C.R. Su historia no es diferente a tantas: llegó a Rawson tras la promesa de un buen trabajo como empleada doméstica. A bordo de un Corsa blanco, Barboza la recibió en la terminal capitalina y la encerró en una pieza de Puerto Rawson. Se trataba de “La Sirenita”, un prostíbulo de su propiedad.
Los jueces Enrique Guanziroli, Pedro de Diego y Nora Cabrera de Monella tomaron otra decisión inédita: ordenaron decomisar los muebles y un tercio de ese local, ubicado en Embarcación Aguará Guazú y Comodoro Lasserre, y usar esas instalaciones para programas de asistencia a las víctimas de la trata. Por problemas de salud, el acusado no irá a una cárcel común.
Además de “La Sirenita”, Barboza figuraba como titular en Trelew de los locales “Le Club”, y “San Cristóbal”. “Percibe $2.800 de jubilación y $18.000 por ingreso de ambos comercios, suficientes para que solvente gastos de familia a cargo. Posee buen concepto entre sus vecinos”, dice el fallo.
La madrugada del 11 de febrero de 2010, Policía recibió el llamado desesperado de la joven, recién escapada de su encierro. Más tranquila, en la Comisaría de la Mujer denunció que el 5 de febrero, en Corrientes, un tal “Rubén González” o “El Mono” le ofreció trabajo de empleada doméstica cama adentro, en Rawson, con una familia conocida. Ganaría 60 pesos por día. La chica contó que aceptó la oferta en Chubut porque “quería trabajar y acá se gana bien, mejor que allá”.
Le pagó el pasaje por tierra y le dio cien pesos para el viaje. El 8 de febrero la esperó en la terminal capitalina otro “González” (resultó ser Barboza), en un Corsa blanco cuatro puertas con vidrios polarizados. Luego lo describiría como de unos 60 años, canoso, morocho, no muy alto, panza, de camisa y pantalón de vestir. La trasladó a una casa de Puerto Rawson, dos pisos, rosa. Al llegar se sorprendió porque “no parecía una casa, es un club”. Sólo debía limpiar, le dijo. La encerró con llave.
Desconcierto
Desconcertada, entendió su situación cuando de madrugada, Barboza entró a la pieza con otro sujeto y la obligó a desnudarse y tener sexo. “Hacé lo que te digo porque de acá no salís viva; te voy a matar, ¿me entendés?”, le gritaba mientras le tiraba de los pelos.
El cliente no usó preservativo y al irse quedó bajo llave de nuevo. Quería escaparse pero era una ventanita pequeña y alta. Su celular no tenía crédito y la zona no tenía señal. Según la causa, “allí hay un triángulo portuario que carece de señal telefónica celular”. Sólo comió un sándwich y tomó agua. No había ni lámpara.
La madrugada siguiente la clientela se repitió. El sujeto salió por una bebida. M.C.R.aprovechó el descuido, tomó su bolsito –que no desarmó desde su llegada- y escapó temblando de miedo. Corrió 3 cuadras. Ni un alma. Llamó al 101.
Antes de que una patrulla la rescatara recibió una llamada de un número privado con una amenaza: sabían que tenía una hermana de 17 años en Corrientes, a qué escuela iba y le podía pasar lo mismo si los delataba. “Me dijeron que me cuidara y que me olvide de todo lo que vi porque nunca más iba a ver a mi gente”. Su hermana “va y viene sola al colegio y si yo contaba cómo eran ellos, se la llevaban; ya lo viví pero no quiero que le pase nada a ella”. En la Comisaría de la Mujer la describieron como “muy acongojada, temerosa, sumisa y desconcertada”. Hambrienta y shockeada, la tranquilizaron con café con leche y galletitas. Muy cansada y desencajada, le molestaba la luz, no había dormido y quería bañarse. El Servicio de Asistencia a la Víctima del Delito la encontró “cabizbaja y abatida”.Su relató mostró secuelas compatibles con presunto abuso sexual: maltrato psicológico y físico vinculados al ámbito desconocido, sentimiento de desvalimiento, angustia y temor intensos, vulnerabilidad, indefensión, desamparo social, necesidad de protección, disminución de la autoestima, impotencia, frustración e inseguridad.
Hizo un retrato hablado que encontró parecido en un 80 por ciento a Barboza y lo reconoció en rueda de fotos como el dueño del lugar. También reconstruyó su lugar de cautiverio. Un policía le pidió disculpas:
-Vamos a tratar de hacer todo lo que se pueda para que no vuelva a ocurrir….
-Lo que me pasó no hay cómo borrarlo; igual estoy agradecida de estar acá y que ya estoy a salvo. Más allá de lo que me haya pasado muchos no tienen la misma posibilidad, no vuelven nunca más o se mueren o cualquier cosa. Yo estoy acá.
En su defensa, Barboza dijo que el local estaba cerrado. Explicó que hasta marzo de 2007 había funcionado “La Sirenita” como cabaret, con mujeres de Trelew con libreta sanitaria que trabajaban por copas. Pero cerró y enrejó todo. “Ignora porqué se lo involucró en la denuncia porque no tiene enemigos”. El local tenía un pasillo largo y diez habitaciones por lado. “En los tres días que dijo estar encerrada pudo gritar, ya que se abren hacia el exterior y no entiende que no lo haya hecho, pues hay vecinos y es una zona muy transitada”. El condenado deslizó que la causa era un “pase de factura” del ambiente de la noche. Pero no aportó nombres.
Tras tres entrevistas, Daniel Rodríguez, secretario del Consejo de la Niñez, Adolescencia y Familia, llevó en su coche particular a la joven a la terminal de Trelew para su regreso. “La vio más ansiosa, asustada, aún en la terminal, lloró, se sacó una foto y le pidió su teléfono, dándole el suyo”. Al otro día le avisó de su llegada a salvo. “Mantuvo contacto esporádico, incluso le dijo quería visitarla, estaba estudiando y trabajando; mandó un mensaje pero ya no contestó más”.
“Prostíbulo para alternancia de mujeres y de marineros”
Según el fallo, excepto detalles el relato de M.C.R. nunca varió. “Se contactó desde su provincia natal con quien la embaucó, viajó a su cuenta, se encontró en la terminal con quien la llevaría a una vivienda de la zona a pernoctar y quien luego describe la encerró y exigió favores a terceros”.
Es posible que si no contó más haya sido “por el afán por su seguridad personal y la de sus seres queridos, que siempre vio amenazada por sus captores y así resulta entendible que en su relato, parcialmente indefinido, también precaviera represalias”. Lo hizo “para protegerse de un peligro que sentía inminente”.
En cuanto a su dificultad para identificar a “El Mono”, los jueces consideraron que “es bien conocida la imprecisión con que ensombrecen a sus personas y actividades los involucrados en estos delitos y difícil sería a su víctima brindar mayores datos”.
Quien la buscó en la terminal rawsense “esperaba su llegada, supo del comienzo de su viaje, el medio y horario de su arribo y conoció su nombre y tuvo su descripción, al modo en que los involucrados aseguran a sus víctimas”.
Por el largo viaje, la poca comida y su estado de shock, “sus sentidos estarían acentuadamente debilitados como para percibir y referir precisiones”, consideraron. Aún así reconoció a Barboza y describió las instalaciones de “La Sirenita”. “Si todo hubiera estado tan cerrado como se pretende, ningún local podría haber sido descripto con minucia por la víctima, como sucedió”. Aunque suele pasar, no le sacaron sus documentos. Es que su cautiverio fue corto: llegó un 7 de febrero y escapó el 11.
“No fraguó una historia ni fabuló con un afán encubierto por causar un mal a una persona que ni siquiera conocía y en un sitio del que era ajena”, dice el fallo. “Bien pudo la joven en el encierro sorpresivo y no querido, por su estado de debilidad física y sicológica, perder transitoriamente toda esperanza para intentar huir, en un medio lejano y desconocido y que parecía hostil y se abandonó temporariamente a su suerte, máxime cuando la falta de señal para su celular en la vivienda le prohibía toda comunicación exterior, que sabía el causante cuando le devolvió su aparato”.
Que Barboza tomara fuertes calmantes por sus problemas para caminar o usara bastón, no le impedía “conversar con la joven, conducir un auto poco más de 30 kilómetros, ascender un piso, encerrarla con llave y facilitarla a otros, asegurando así el negocio rentable que podía representar a futuro, esa joven”.
Es inexplicable que si la chica no estuvo en “La Sirenita” haya podido conocer datos certeros sobre personas, comportamientos y lugares, en una zona desconocida. Y no hay evidencia de que haya querido perjudicar al imputado.
“Barboza residía dedicado tiempo atrás a las actividades recreativas que relató, e incluyeron trabajo nocturno de mujeres en su comercio”, confirma la sentencia. Los policías que actuaron revelaron “supuestas actividades añejas del acusado, utilizando el comercio como un prostíbulo para alternancia de mujeres y marineros”.
La chica pudo abrir la ventana y gritar por ayuda. Pero este argumento “deja de lado las amenazas, maltratos y coacciones que padecía y que le impedían decidir sobre su vida con libertad; desconocía el medio al que había llegado, ignoraba quiénes eran sus vecinos y su grado de lealtad con el denunciado”.
Barboza supo que cometía un delito, se contactó con el sujeto que captó a su víctima en Corrientes y le proporcionó los medios para identificarla al venir del viaje. Conoció origen, horario y empresa que la trasladaba. Voluntariamente cambió su apellido y se la llevó.