Lado B / Eternamente republicanos


15 MAY 2026 - 10:47 | Actualizado 15 MAY 2026 - 10:55

Por Bulin Fernández

Pensar, opinar y activar distinto, y hasta en los extremos; militar o no una causa que se considere justa o movilizarse para lograr objetivos que a alguien pudiesen no gustarle o compartir, deberían ser acciones propias de una República que se precie de tal.

Ningún habitante puede evitar las acciones dentro de las reglas de juego que establece una democracia plena, como debe existir en nuestro país.

Lo vivido en la jornada del martes pasado en toda la Argentina, de norte a sur y desde la Cordillera hasta el Atlántico, fue el reclamo ya no de presupuesto o números pendientes, o el cumplimiento de una ley que generó la representatividad del Congreso de la Nación, sino de la defensa de la educación pública.

Existieron, existen y seguramente continuarán las falencias, los errores humanos o las malas intenciones, pero nadie podría negar la relevancia que tiene el acceso de los ciudadanos a la educación, en todos sus niveles.

La Marcha Federal llegó a las calles de Esquel.

Si hay un gobierno dispuesto a reducir gastos porque así se comprometió en la campaña que lo llevó a una victoria electoral, tiene el derecho a hacerlo, pero nunca con cuestiones básicas e indispensables como la educación, la salud o la seguridad pública.

La recordada Noche de los Bastones Largos, ocurrida un 29 de julio de 1966, fue cuando, con una violenta represión policial, se irrumpió en la Universidad de Buenos Aires para romper con el reclamo de docentes, no docentes y alumnos por presupuesto y salarios dignos.

El entonces gobierno dictatorial de Juan Carlos Onganía se mofó de la situación, que provocó detenciones, renuncias masivas y la denominada fuga de cerebros, con científicos argentinos exiliándose en otras latitudes del mundo.

Tras la caída del gobierno de Arturo Illia, se ponderaron los métodos y directivas en pos de reducir todos los espacios de pensamiento crítico que anidaran en cualquier ámbito.

Eso resultó un punto de inflexión para la visión de la relevancia que tiene la educación en nuestro país. Vinieron nuevas dictaduras y atentados contra la democracia, y nunca se quebrantó el sentido ponderado de los niveles de educar a la población.

Hubo, sí, pérdidas humanas, desapariciones y hasta cesiones de espacios físicos, pero la recuperación definitiva del sistema a partir de 1983 deriva hoy en más de medio centenar de universidades en todo el territorio argentino, que no solo albergan alumnos y docentes: son la cuna de sueños, del saber y aprender, de enseñar y pensar para ser críticos, y con profesiones necesarias para una planificación y el desarrollo integral de la Argentina.

Lo acontecido en la movilización de cientos de miles de conciudadanos, muchos ya sin la chance de ingresar a las universidades, pero convencidos de generar nuevas oportunidades, es la muestra exacta del sentido fundamental de la educación.

Si se pide un ejemplo de la incoherencia, al sistema del servicio de inteligencia del Estado le dieron un 1.000% de incremento en el presupuesto anual.

Héroes de Malvinas señalaron en la calle: “Nos devolvieron la sonrisa los estudiantes de la Facultad de Odontología de la UBA, que nos atendieron gratuitamente”, o que “acompañamos porque mi hija es estudiante de medicina en tercer año, primera generación que llega a ese nivel”. Otro ejemplo que vale la pena.

Si alguien hace oído sordo o continúa con la tozudez de reducir esa relevancia, sentirá el escarmiento en donde más duele: las urnas.

Así como mi abuela analfabeta debió sufrir esa carencia, mi madre finalizó la escuela primaria en una escuela rural y yo no terminé mi secundaria; hoy veo a mis hijos recibidos en nivel universitario para ejercer su profesión, y pretendo respaldar la oportunidad para cientos de pibes que persiguen un sueño: estudiar para ser mejores y útiles a la sociedad.

Los derechos adquiridos se defienden. Somos República para siempre.

Quien haga o actúe en sentido contrario estará atentando contra la democracia, y no lo vamos a permitir.

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15 MAY 2026 - 10:47

Por Bulin Fernández

Pensar, opinar y activar distinto, y hasta en los extremos; militar o no una causa que se considere justa o movilizarse para lograr objetivos que a alguien pudiesen no gustarle o compartir, deberían ser acciones propias de una República que se precie de tal.

Ningún habitante puede evitar las acciones dentro de las reglas de juego que establece una democracia plena, como debe existir en nuestro país.

Lo vivido en la jornada del martes pasado en toda la Argentina, de norte a sur y desde la Cordillera hasta el Atlántico, fue el reclamo ya no de presupuesto o números pendientes, o el cumplimiento de una ley que generó la representatividad del Congreso de la Nación, sino de la defensa de la educación pública.

Existieron, existen y seguramente continuarán las falencias, los errores humanos o las malas intenciones, pero nadie podría negar la relevancia que tiene el acceso de los ciudadanos a la educación, en todos sus niveles.

La Marcha Federal llegó a las calles de Esquel.

Si hay un gobierno dispuesto a reducir gastos porque así se comprometió en la campaña que lo llevó a una victoria electoral, tiene el derecho a hacerlo, pero nunca con cuestiones básicas e indispensables como la educación, la salud o la seguridad pública.

La recordada Noche de los Bastones Largos, ocurrida un 29 de julio de 1966, fue cuando, con una violenta represión policial, se irrumpió en la Universidad de Buenos Aires para romper con el reclamo de docentes, no docentes y alumnos por presupuesto y salarios dignos.

El entonces gobierno dictatorial de Juan Carlos Onganía se mofó de la situación, que provocó detenciones, renuncias masivas y la denominada fuga de cerebros, con científicos argentinos exiliándose en otras latitudes del mundo.

Tras la caída del gobierno de Arturo Illia, se ponderaron los métodos y directivas en pos de reducir todos los espacios de pensamiento crítico que anidaran en cualquier ámbito.

Eso resultó un punto de inflexión para la visión de la relevancia que tiene la educación en nuestro país. Vinieron nuevas dictaduras y atentados contra la democracia, y nunca se quebrantó el sentido ponderado de los niveles de educar a la población.

Hubo, sí, pérdidas humanas, desapariciones y hasta cesiones de espacios físicos, pero la recuperación definitiva del sistema a partir de 1983 deriva hoy en más de medio centenar de universidades en todo el territorio argentino, que no solo albergan alumnos y docentes: son la cuna de sueños, del saber y aprender, de enseñar y pensar para ser críticos, y con profesiones necesarias para una planificación y el desarrollo integral de la Argentina.

Lo acontecido en la movilización de cientos de miles de conciudadanos, muchos ya sin la chance de ingresar a las universidades, pero convencidos de generar nuevas oportunidades, es la muestra exacta del sentido fundamental de la educación.

Si se pide un ejemplo de la incoherencia, al sistema del servicio de inteligencia del Estado le dieron un 1.000% de incremento en el presupuesto anual.

Héroes de Malvinas señalaron en la calle: “Nos devolvieron la sonrisa los estudiantes de la Facultad de Odontología de la UBA, que nos atendieron gratuitamente”, o que “acompañamos porque mi hija es estudiante de medicina en tercer año, primera generación que llega a ese nivel”. Otro ejemplo que vale la pena.

Si alguien hace oído sordo o continúa con la tozudez de reducir esa relevancia, sentirá el escarmiento en donde más duele: las urnas.

Así como mi abuela analfabeta debió sufrir esa carencia, mi madre finalizó la escuela primaria en una escuela rural y yo no terminé mi secundaria; hoy veo a mis hijos recibidos en nivel universitario para ejercer su profesión, y pretendo respaldar la oportunidad para cientos de pibes que persiguen un sueño: estudiar para ser mejores y útiles a la sociedad.

Los derechos adquiridos se defienden. Somos República para siempre.

Quien haga o actúe en sentido contrario estará atentando contra la democracia, y no lo vamos a permitir.