Hay noticias que uno quisiera romper antes de escribirlas.
Esta es una de ellas.
Porque hay nombres que no deberían entrar jamás en una página en pasado.
Este domingo se fue Hilmar Verdún. El Monsieur del tenis.
Pero decir solamente que murió un hombre del tenis sería cometer una injusticia enorme. Hilmar fue mucho más que eso. Fue un constructor, un maestro, un obstinado. Un soñador con las manos llenas de tierra. Un hombre capaz de mirar un descampado donde había vacas, caballos y ovejas y ver, en cambio, canchas, chicos, árboles, una institución y una historia que todavía no había comenzado.
Y la empezó. A fuerza de voluntad. De pala. De ladrillos y de paciencia. De pasión.
De esa antigua y casi perdida costumbre de creer que las cosas pueden hacerse incluso cuando nadie garantiza que vayan a salir.
Vio un club donde no había nada
El 4 de abril era una fecha marcada a fuego en su calendario. El cumpleaños de su padre. Y también el día en que inauguró el San Benito Tenis Club.
42 años después, esa fecha parece todavía más poderosa. Porque Hilmar terminó de poner los flejes de la primera cancha y llamó a su padre para saludarlo. Le contó que había terminado la cancha. Y le dijo que iba a hacer un club.
No tenía el club. Tenía una idea la que a veces alcanza para empezar una revolución.
Había llegado a Trelew en 1978, con 27 o 28 años, detrás de una vida nueva junto a su esposa y su hija mayor. Venía de Puerto Santa Cruz, donde había sido profesor de Educación Física, donde había enseñado en la escuela primaria, en la secundaria, en el gimnasio municipal que él mismo había inaugurado y en el club donde jugaba.
Había sido, casi literalmente, el profesor de todo un pueblo.
Después llegó Chubut. Y con Chubut llegó el desafío.
Primero fue un descampado
El lugar donde hoy se levanta el San Benito era, entonces, otra cosa. Una chacra. Vacas. Caballos. Ovejas. Nada más.
Los lotes eran baratos porque no tenían servicios.
Y ahí apareció Hilmar.
No como quien compra un terreno sino como quien compra una batalla.
Se metió de guapo con su mujer y su hija.
Construyó la casa, después las canchas, después el club. Y después, casi sin darse cuenta, ayudó a construir también el barrio.
Los servicios no estaban. Hubo que pelearlos. Agua corriente. Cloacas. Pavimento. Plaza. Los vecinos se organizaron. Y Hilmar terminó presidiendo aquella junta vecinal porque, como contaba con su particular sentido del humor, era el más viejo. Así fue creciendo San Benito.
Primero fue un sueño. Después una casa. Después una cancha. Después un club. Después un barrio y finalmente una parte de la ciudad.
Los pinos en latas de durazno
Quizás ninguna imagen explique mejor a Hilmar que aquella frase que repetía con orgullo. Los primeros pinos los trajo en latas de durazno. Uno por uno. Como quien planta futuro sin saber todavía cuánto tardará en llegar.
Hoy son árboles inmensos.
Y ahí está, quizás, la metáfora perfecta de su vida.
Hilmar plantaba cosas que tardaban años en crecer. No trabajaba para la foto del día siguiente. Trabajaba para que otros pudieran disfrutar del mañana. Eso hizo con los pinos. Eso hizo con el club y eso hizo con el tenis. Eso hizo con sus alumnos.
El tenis como una forma de resistencia
Había elegido el polvo de ladrillo casi como una declaración de principios. Podrían haber sido canchas de cemento, pero sus rodillas le dijeron que no y un consejo de Batata Clerc terminó de torcer el destino.
Entonces el proyecto cambió. Polvo de ladrillo. Más trabajo. Más mantenimiento. Más sacrificio. Pero también una superficie amable, humana, casi artesanal. Porque el San Benito siempre tuvo algo de artesanal ya que nada parecía surgir de una maquinaria.
Todo parecía haber salido de las manos de alguien.
De las manos de Hilmar.
Por eso el club no fue solamente un conjunto de canchas. Fue una extensión de su cuerpo. Una criatura que había visto nacer y crecer. Una parte de su propia historia.

Trescientos alumnos y una sola certeza
Antes de levantar su propio club había enseñado tenis por toda la provincia y también en Río Negro. Sierra Grande, Puerto Madryn, Rawson y Trelew. Llegó a manejar alrededor de 300 alumnos. Una máquina lanza pelotas. Un canasto y una vocación que parecía no tener límite.
Había estudiado en San Fernando, con formación en el CENARD, y había compartido aulas con nombres que después se volverían enormes dentro del deporte argentino.
Pero su verdadera universidad estuvo en las canchas. En los chicos. En las preguntas. En las derrotas. En las primeras raquetas. En los padres que llegaban buscando un deporte y terminaban encontrando una comunidad.
Porque Hilmar entendía algo que algunos tardan toda una vida en comprender como es que enseñar no es llenar una cabeza de conocimientos sino encender una posibilidad.
Después llegó el pádel. Y el tenis sufrió. Como sufrieron tantos deportes cuando cambiaron las modas, las costumbres y los consumos.
Pero Hilmar no se quedó mirando cómo se apagaban las luces. Se juntó con Jaime Albistro, del Centenario, y Mario Ángulo, del Trelew Tennis Club y crearon Desarrollo Integral del Tenis. Tres hombres entendiendo que la única manera de salvar algo era dejar de defender cada uno su pequeña parcela y empezar a construir juntos.
Recuperaron jugadores; impulsaron competencias; volvieron a darle vida a las categorías superiores y llevaron el tenis a las escuelas.
Consiguieron paletas, redes, parantes. Buscaron ayuda donde hubiera alguien dispuesto a dar una mano y el tenis volvió a entrar por las puertas de las escuelas.
Porque Hilmar no entendía el deporte como un privilegio; lo entendía el deporte como una puerta y quería que estuviera abierta.
El Monsieur
Le decían Monsieur. Y no era solamente por el tenis. Había algo en su manera de hablar, de recibir, de enseñar, de contar. Una elegancia sin solemnidad. Una educación que no necesitaba anunciarse. Una generosidad que no pedía recibos.
Era de esos tipos que parecen pertenecer a otra época. A una época donde la palabra todavía tenía peso y en donde un apretón de manos podía ser un contrato. Donde construir algo significaba quedarse durante años para cuidarlo.
Por eso su muerte duele de una manera distinta. Porque no se va solamente un profesor; más bien se va una manera de hacer las cosas.
Hilmar se fue en su casa. En el mismo barrio que ayudó a construir. En el mismo territorio donde alguna vez sólo había una chacra.
Qué manera de cerrar el círculo.
Llegó a Trelew buscando un lugar. Terminó dejando un lugar para miles.
Eso es una vida. Eso es una obra. Eso es dejar una huella.
Hay hombres que construyen edificios; otros construyen empresas y otros acumulan títulos. Hilmar construyó pertenencia. Y eso es bastante más difícil. Porque una institución no se levanta solamente con ladrillos. Se levanta con memoria, afectos y tiempo.
Con gente que vuelve y con chicos que crecen.
Con generaciones que algún día llevan a sus propios hijos al lugar donde alguna vez alguien les enseñó a sostener una raqueta.
El último partido
Dicen que en el tenis siempre hay una última pelota. Una última pelota que cruza la red. Un último pique. Un silencio. Y después, el punto termina.
Pero hay partidos que no terminan cuando termina el partido. El de Hilmar es uno de esos. Porque todavía están los pinos. Las canchas. El polvo de ladrillo. El barrio. Los alumnos. Las familias. Los profesores. Los amigos. Los recuerdos.
Y, sobre todo, esa formidable colección de vidas que alguna vez pasó por sus manos.
Quizás ahí esté la verdadera victoria.
No en los trofeos; no en los partidos ganados; no en los rankings; sino en haber conseguido que algo de uno permanezca en los demás.
Hay personas que mueren y hay personas que empiezan a vivir de otra manera. Hilmar pertenece a la segunda especie.
Ahora será un recuerdo en la voz de quienes lo conocieron. Una anécdota en la memoria de sus alumnos; una pelota que pique en una cancha de polvo de ladrillo o un árbol que creció desde una lata de duraznos. Y una historia contada a un niño que todavía no lo conoció.
Y cada vez que alguien entre al San Benito y mire esas canchas, alguien podrá decir que Esto lo hizo Hilmar.” Y esa frase será suficiente. Porque quizás morir sea eso; dejar de respirar. Pero desaparecer es otra cosa. Y Hilmar no va a desaparecer.
Mientras exista alguien que recuerde una enseñanza. Mientras una raqueta vuelva a golpear una pelota. Mientras un chico entre por primera vez a una cancha. Mientras esos pinos sigan creciendo. Mientras el barrio siga siendo barrio. Mientras alguien vuelva a contar la historia de aquel profesor que llegó desde Puerto Santa Cruz y vio un club donde sólo había una chacra, Hilmar seguirá ahí. Como siguen los hombres que hicieron de su vida una obra. Como siguen los maestros. Como siguen los árboles. Como siguen las canciones que alguna vez alguien creyó que podían apagarse.
Hilmar Verdún se fue este domingo. Pero no se fue entero. Dejó demasiado. Un club, un barrio, alumnos, amigos. Dejó una forma de entender el deporte y de entender la vida.
Y dejó, sobre todo, una certeza como la que hay hombres que pasan por una ciudad y hay hombres que consiguen quedarse para siempre en ella.
Hilmar fue de los segundos.
Por eso este no es solamente un obituario. Es un réquiem. Y también una celebración.
Porque algunos hombres no necesitan monumentos. Les alcanza con que, muchos años después, alguien mire un árbol enorme y diga “Ese lo plantó Hilmar.”
Y entonces, de alguna manera, el partido todavía seguirá en juego.
Hay noticias que uno quisiera romper antes de escribirlas.
Esta es una de ellas.
Porque hay nombres que no deberían entrar jamás en una página en pasado.
Este domingo se fue Hilmar Verdún. El Monsieur del tenis.
Pero decir solamente que murió un hombre del tenis sería cometer una injusticia enorme. Hilmar fue mucho más que eso. Fue un constructor, un maestro, un obstinado. Un soñador con las manos llenas de tierra. Un hombre capaz de mirar un descampado donde había vacas, caballos y ovejas y ver, en cambio, canchas, chicos, árboles, una institución y una historia que todavía no había comenzado.
Y la empezó. A fuerza de voluntad. De pala. De ladrillos y de paciencia. De pasión.
De esa antigua y casi perdida costumbre de creer que las cosas pueden hacerse incluso cuando nadie garantiza que vayan a salir.
Vio un club donde no había nada
El 4 de abril era una fecha marcada a fuego en su calendario. El cumpleaños de su padre. Y también el día en que inauguró el San Benito Tenis Club.
42 años después, esa fecha parece todavía más poderosa. Porque Hilmar terminó de poner los flejes de la primera cancha y llamó a su padre para saludarlo. Le contó que había terminado la cancha. Y le dijo que iba a hacer un club.
No tenía el club. Tenía una idea la que a veces alcanza para empezar una revolución.
Había llegado a Trelew en 1978, con 27 o 28 años, detrás de una vida nueva junto a su esposa y su hija mayor. Venía de Puerto Santa Cruz, donde había sido profesor de Educación Física, donde había enseñado en la escuela primaria, en la secundaria, en el gimnasio municipal que él mismo había inaugurado y en el club donde jugaba.
Había sido, casi literalmente, el profesor de todo un pueblo.
Después llegó Chubut. Y con Chubut llegó el desafío.
Primero fue un descampado
El lugar donde hoy se levanta el San Benito era, entonces, otra cosa. Una chacra. Vacas. Caballos. Ovejas. Nada más.
Los lotes eran baratos porque no tenían servicios.
Y ahí apareció Hilmar.
No como quien compra un terreno sino como quien compra una batalla.
Se metió de guapo con su mujer y su hija.
Construyó la casa, después las canchas, después el club. Y después, casi sin darse cuenta, ayudó a construir también el barrio.
Los servicios no estaban. Hubo que pelearlos. Agua corriente. Cloacas. Pavimento. Plaza. Los vecinos se organizaron. Y Hilmar terminó presidiendo aquella junta vecinal porque, como contaba con su particular sentido del humor, era el más viejo. Así fue creciendo San Benito.
Primero fue un sueño. Después una casa. Después una cancha. Después un club. Después un barrio y finalmente una parte de la ciudad.
Los pinos en latas de durazno
Quizás ninguna imagen explique mejor a Hilmar que aquella frase que repetía con orgullo. Los primeros pinos los trajo en latas de durazno. Uno por uno. Como quien planta futuro sin saber todavía cuánto tardará en llegar.
Hoy son árboles inmensos.
Y ahí está, quizás, la metáfora perfecta de su vida.
Hilmar plantaba cosas que tardaban años en crecer. No trabajaba para la foto del día siguiente. Trabajaba para que otros pudieran disfrutar del mañana. Eso hizo con los pinos. Eso hizo con el club y eso hizo con el tenis. Eso hizo con sus alumnos.
El tenis como una forma de resistencia
Había elegido el polvo de ladrillo casi como una declaración de principios. Podrían haber sido canchas de cemento, pero sus rodillas le dijeron que no y un consejo de Batata Clerc terminó de torcer el destino.
Entonces el proyecto cambió. Polvo de ladrillo. Más trabajo. Más mantenimiento. Más sacrificio. Pero también una superficie amable, humana, casi artesanal. Porque el San Benito siempre tuvo algo de artesanal ya que nada parecía surgir de una maquinaria.
Todo parecía haber salido de las manos de alguien.
De las manos de Hilmar.
Por eso el club no fue solamente un conjunto de canchas. Fue una extensión de su cuerpo. Una criatura que había visto nacer y crecer. Una parte de su propia historia.

Trescientos alumnos y una sola certeza
Antes de levantar su propio club había enseñado tenis por toda la provincia y también en Río Negro. Sierra Grande, Puerto Madryn, Rawson y Trelew. Llegó a manejar alrededor de 300 alumnos. Una máquina lanza pelotas. Un canasto y una vocación que parecía no tener límite.
Había estudiado en San Fernando, con formación en el CENARD, y había compartido aulas con nombres que después se volverían enormes dentro del deporte argentino.
Pero su verdadera universidad estuvo en las canchas. En los chicos. En las preguntas. En las derrotas. En las primeras raquetas. En los padres que llegaban buscando un deporte y terminaban encontrando una comunidad.
Porque Hilmar entendía algo que algunos tardan toda una vida en comprender como es que enseñar no es llenar una cabeza de conocimientos sino encender una posibilidad.
Después llegó el pádel. Y el tenis sufrió. Como sufrieron tantos deportes cuando cambiaron las modas, las costumbres y los consumos.
Pero Hilmar no se quedó mirando cómo se apagaban las luces. Se juntó con Jaime Albistro, del Centenario, y Mario Ángulo, del Trelew Tennis Club y crearon Desarrollo Integral del Tenis. Tres hombres entendiendo que la única manera de salvar algo era dejar de defender cada uno su pequeña parcela y empezar a construir juntos.
Recuperaron jugadores; impulsaron competencias; volvieron a darle vida a las categorías superiores y llevaron el tenis a las escuelas.
Consiguieron paletas, redes, parantes. Buscaron ayuda donde hubiera alguien dispuesto a dar una mano y el tenis volvió a entrar por las puertas de las escuelas.
Porque Hilmar no entendía el deporte como un privilegio; lo entendía el deporte como una puerta y quería que estuviera abierta.
El Monsieur
Le decían Monsieur. Y no era solamente por el tenis. Había algo en su manera de hablar, de recibir, de enseñar, de contar. Una elegancia sin solemnidad. Una educación que no necesitaba anunciarse. Una generosidad que no pedía recibos.
Era de esos tipos que parecen pertenecer a otra época. A una época donde la palabra todavía tenía peso y en donde un apretón de manos podía ser un contrato. Donde construir algo significaba quedarse durante años para cuidarlo.
Por eso su muerte duele de una manera distinta. Porque no se va solamente un profesor; más bien se va una manera de hacer las cosas.
Hilmar se fue en su casa. En el mismo barrio que ayudó a construir. En el mismo territorio donde alguna vez sólo había una chacra.
Qué manera de cerrar el círculo.
Llegó a Trelew buscando un lugar. Terminó dejando un lugar para miles.
Eso es una vida. Eso es una obra. Eso es dejar una huella.
Hay hombres que construyen edificios; otros construyen empresas y otros acumulan títulos. Hilmar construyó pertenencia. Y eso es bastante más difícil. Porque una institución no se levanta solamente con ladrillos. Se levanta con memoria, afectos y tiempo.
Con gente que vuelve y con chicos que crecen.
Con generaciones que algún día llevan a sus propios hijos al lugar donde alguna vez alguien les enseñó a sostener una raqueta.
El último partido
Dicen que en el tenis siempre hay una última pelota. Una última pelota que cruza la red. Un último pique. Un silencio. Y después, el punto termina.
Pero hay partidos que no terminan cuando termina el partido. El de Hilmar es uno de esos. Porque todavía están los pinos. Las canchas. El polvo de ladrillo. El barrio. Los alumnos. Las familias. Los profesores. Los amigos. Los recuerdos.
Y, sobre todo, esa formidable colección de vidas que alguna vez pasó por sus manos.
Quizás ahí esté la verdadera victoria.
No en los trofeos; no en los partidos ganados; no en los rankings; sino en haber conseguido que algo de uno permanezca en los demás.
Hay personas que mueren y hay personas que empiezan a vivir de otra manera. Hilmar pertenece a la segunda especie.
Ahora será un recuerdo en la voz de quienes lo conocieron. Una anécdota en la memoria de sus alumnos; una pelota que pique en una cancha de polvo de ladrillo o un árbol que creció desde una lata de duraznos. Y una historia contada a un niño que todavía no lo conoció.
Y cada vez que alguien entre al San Benito y mire esas canchas, alguien podrá decir que Esto lo hizo Hilmar.” Y esa frase será suficiente. Porque quizás morir sea eso; dejar de respirar. Pero desaparecer es otra cosa. Y Hilmar no va a desaparecer.
Mientras exista alguien que recuerde una enseñanza. Mientras una raqueta vuelva a golpear una pelota. Mientras un chico entre por primera vez a una cancha. Mientras esos pinos sigan creciendo. Mientras el barrio siga siendo barrio. Mientras alguien vuelva a contar la historia de aquel profesor que llegó desde Puerto Santa Cruz y vio un club donde sólo había una chacra, Hilmar seguirá ahí. Como siguen los hombres que hicieron de su vida una obra. Como siguen los maestros. Como siguen los árboles. Como siguen las canciones que alguna vez alguien creyó que podían apagarse.
Hilmar Verdún se fue este domingo. Pero no se fue entero. Dejó demasiado. Un club, un barrio, alumnos, amigos. Dejó una forma de entender el deporte y de entender la vida.
Y dejó, sobre todo, una certeza como la que hay hombres que pasan por una ciudad y hay hombres que consiguen quedarse para siempre en ella.
Hilmar fue de los segundos.
Por eso este no es solamente un obituario. Es un réquiem. Y también una celebración.
Porque algunos hombres no necesitan monumentos. Les alcanza con que, muchos años después, alguien mire un árbol enorme y diga “Ese lo plantó Hilmar.”
Y entonces, de alguna manera, el partido todavía seguirá en juego.